jueves, 20 de agosto de 2015

Una palabra

Una palabra era la clave de aquella construcción
de aquella cúpula que se alzaría al fin para protegernos de la tempestad interminable
A veces me parecía verla
y corría y llegaba y era solo una sombra
mientras  el bosque de murmullos seguía alrededor amenazante
Y yo pensaba : cuánto tiempo mi corazón resistirá
o cuánto tiempo tardaré
en aceptar que no existe lo que busco
Y las moscas sabían más que yo
al acercarse a ver si había muerto
Las moscas movidas por la necesidad
y no por la esperanza.

MJ Vidal

miércoles, 5 de agosto de 2015

PABLO MÉNDEZ: "OH, SIGLO XX"

Una piensa, al encontrarse el título del libro, en la elegía y en el tango. Siglo XX, cambalache. Oh, siglo XX. Una se adentra en el libro como en el lamento de un poeta que, ya con dieciocho años, se había lanzado como Una flecha hacia la nada.

Entonces una entra en el libro y se encuentra de bruces con el gran poema “La madre”. Y ¿quién habla ahí? El yo lírico es otro. “Yo es otro”, resuena el eco de Rimbaud. O las palabras de Borges: “Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy”.

“Se me han borrado los ojos/ al mirarme al espejo”, dice Pablo Méndez en el poema “Casablanca, 1941”. A lo largo del libro, es frecuente encontrarse con ese poeta que ya no es un sí-mismo, que habla desde otro ser, desde otro tiempo, que se presta a ser todos. Abolida la frontera de la identidad, cae también la de la muerte. Conversamos con Antonio Machado, o con Dámaso Alonso, leemos este libro como si fuéramos la mujer con la alcuza viajando en el extraño tren. Entonces reinterpretamos el título: este libro es un tren que cruza el siglo XX. Estamos viajando por la historia, por la guerra civil, por el dolor, acompañados por los poetas españoles más hondos. El poeta dialoga con ellos. A veces les pide prestado un título. A veces les concede su propia voz. Una entiende, entonces, el significado del libro como un homenaje. Homenaje a los poetas que nos contaron el alma del siglo XX. Homenaje a las víctimas de la guerra civil, en poemas donde el yo lírico es un niño que vive una posguerra que el autor no vivió. El yo se trasciende a sí mismo, tanto poética como históricamente. Le da su voz al siglo terminado. Porque la vida no muere. Ni la Literatura. En los libros, en las librerías –a las que Méndez dedica su obra- está el alma inmortal de cualquier siglo. Ese libro que es “el árbol perfecto” que aparece en el poema titulado “Juan Ramón Jiménez”: “de sus hondas raíces/ no podrás escapar”.

Pero al mismo tiempo que es un homenaje, “Oh, siglo XX” es más que un homenaje. Es creación poética, no historia. La tradición se incorpora, como en Borges, a la propia obra. El poeta canta con todos. Las aparentes resurrecciones no son más que un signo de la inmortalidad. Hay otros temas también eternos en este libro: el amor, la crueldad, la soledad. El poeta los aborda remando contra el tiempo (“qué corto fue aquel túnel/ y qué inmenso”) y convirtiendo en símbolos animales y objetos: “El gato de Maribel”, “El hacha del abuelo”. Símbolos de las pasiones elementales, del dolor, la locura, la soledad, el amor. Objetos que aunque estén ausentes, como los muertos, están presentes. Pues tampoco hay frontera entre ausencia y presencia en un universo poético en que pasado y presente se superponen.
La poesía de Pablo Méndez parece que toma como punto de partida el yo, el realismo y la experiencia, por su lenguaje coloquial y cercano. Pero eso es sólo la apariencia. Es un realismo, sí, pero post-borgiano, un realismo de quien ya no tiene realidad que retratar sino fragmentos del espejo en el que estuvo. Un realismo habitado por fantasmas como rincones cálidos en los que guarecerse. Un texto intertextual, un poeta interpoético. Un realismo post-cortazariano, donde el sujeto poético es mutante y oscila entre las diferentes perspectivas de un transcurso temporal que se mueve en círculos.

Ya no estamos en la década de los ochenta, ya no se posiciona el autor entre la poesía de la experiencia y la metafísica, sino que es heredero de las dos, al igual que del 27, de Rilke, de Camus y de toda una tradición llena a su vez de experimentación. De unos hereda el lenguaje sencillo, directo, sin concesiones a la retórica del adjetivo y ornamento de que todavía adolece tanto la poesía española; de otros hereda la profundidad en el modo de abordar la identidad y el tiempo.

Conocedor del hecho literario, Pablo Méndez apela en ocasiones directamente al lector/ escritor, en algunos poemas metapoéticos como “Herencia”, “De verdad que lo intento”. Es la ironía o distanciamiento del que después de haber salido de sí mismo para prestar su voz a otros, es capaz también de verse a sí mismo desde fuera.

Una sale del libro sabiendo que habló del siglo XX pero estaba en el siglo XXI (“en este otro siglo,/ que dicen nuestro/ y que detesto”). Y ya no hay elegía, sino herencia, renovación y esperanza.


María José Vidal Prado